lunes, 2 de junio de 2014

Capítulo VII : Las seguidoras de la tríada

El galope de los tres caballos resonó entre las laderas de los pasos montañosos. Al escudero y su maestro ya no les importaba pasar desapercibidos ni mantenerse ocultos, la vida del integrante más joven de la comitiva peligraba y eso era lo único que les preocupaba. Una extraña criatura había aprovechado las condiciones naturales del paisaje rocoso para capturar al pequeño. El anciano caballero, tanto por sus viajes como por motivos todavía desconocidos por los más jóvenes, temía que si no trataban a Esaú con las hierbas y el equipo adecuado podía correr el riesgo de convertirse en algo que sólo se conocía en leyendas. Nievegrís tenía al menos un fuerte, un centro de investigadores del Círculo y una base de sacerdotes de las tres diosas. Por otra parte debían llegar pronto a Nievegrís para poder reabastecerse de pertrechos y comida. A pesar de estar en la frontera aún se encontraban en la región de Sombrese, llena de posibles enemigos.

Tuvieron que unirse a una de las dos filas para entrar en la ciudad; en una estaban mezclados un grupo de campesinos y otro de comerciantes, en además de aventureros, mineros y mucha gente de la región de Sombrese. Esa era sólo una de las dos gigantescas entradas en las inmensas murallas de roca, que tenía arqueros al parecer siempre de ronda. Los encargados de hacer la separación eran guardias con los colores del marqués de LeFleur. Por suerte, o al parecer por asuntos de Ser Varus, ellos estaban en la fila que controlaban los hombres de Ser Reginald.

- ¡Ey, tú, quédate ahí! - gritó uno de los guardias de Sombrese. En su traje estaba bordado el escudo de Roger; este era un campo cortado de sable con una torre de plata en la mitad superior y en la inferior una paloma en plata. Se veía muy joven e intentaba demostrar autoridad.

- Pero yo no he hecho nada- dijo un hombre bajo con una capucha marrón que se apretaba junto a una carreta.

- Se parece al tuerto Phil, Jhon - le dijo a otro de los guardias, quien hablaba con una mujer -

- Aprésalo entonces-  le respondió el guardia llamado Jhon, un tipo grueso a quien no le interesaba nada más que la mujer.

- Ya viste, Phil, me tendrás que acompañar-  Se acercó el guardia más joven al hombre bajo.

- Pero yo no me llamo Phil -  dijo el hombre del capuchón, intentando alejarse.

- No te resistas o será peor, Phil - le dijo el guardia ya molesto.

El tipo intentó correr para entrar a la ciudad, pero era todavía mucho terreno y lo rodeaba una multitud, mirando pero sin inmiscuirse. Cuando ya se había acercado mucho el joven y molesto guardia al hombre, este último intentó empujarlo, lo que enfureció al ya fastidiado centinela, el que botó la lanza y desenfundó su espada. El supuesto Phil intentó meterse en medio de la gente, que lo empujó de vuelta al ruedo, lo que aprovechó el vigilante para darle un corte en la espalda. El tipo, empeorando el asunto, le dio una patada al guardia en la rodilla. Este, ya salido de sus casillas, le enterró la espada en las entrañas y el hombre de marrón dejó de dar golpes. Se acercó Jhon, apartando a empellones a la gente, y miró al hombre que se desangraba.

- Ustedes dos, sáquenlo de aquí - Jhon le ordenó a unos tipos que también querían entrar.

Rolf cuando el asunto empezaba a pintar mal se quiso acercar, pero estaban muy lejos para intervenir, además Ser Varus con un gesto molesto e incómodo le señaló que no se podía hacer nada. Aún aquí los perros de Roger son igual de malditos, pensó el joven.

Después de presenciar la espantosa escena, Rolf vió a un joven aproximadamente de su edad que se alejaba raudamente del caballo de carga de su maestro.

- ¡Ladrón! -  gritó Rolf, que desmontó para perseguir al buscón.

El escudero no logró avanzar mucho entre la gente de esa fila y se le perdió el truhán entre las personas que eran además tan parecidas entre sí, a diferencia con Rolf, quien, más moreno, con sus espaldas más anchas y su pelo más oscuro, se notaba que venía de otro reino. Enojado se devolvió al grupo y Ser Varus, que no lograba moverse con libertad cargando a Esaú en sus brazos, le dijo al joven:

- No te preocupes, Rolf, en esa bolsa no quedaba prácticamente nada – El anciano no era tan  estúpido como para decir que el dinero lo llevaba consigo.

- Parece que la gente del Valle no es tan buena como usted cuenta- dijo Rolf después de haber mordido agriamente la impotencia.

Cuando ya estaban por entrar a la ciudad, uno de los centinelas que custodiaban la entrada los llamó. Rolf esperaba lo peor.

- Ser Varus, nos llegó su grajuro - Empezó a decir un jefe de los guardias, que vestía colores distintos a los de Sombrese - Debe tener cuidado de no cruzar al lado del palomar - esto último lo dijo en tono más discreto. El guardia en jefe se diferenciaba de sus hombres por unos bordados dorados sobre el escudo. Este, más complejo que el del marqués de Sombrese, estaba compuesto por un escusón cuartelado. En él se veía un albatros dorado junto al triángulo de las diosas sobre un campo de gules. El resto tenía varios símbolos más que Rolf todavía no había estudiado, pero eran también dorados sobre campo azur. Al parecer la ciudad no era como cualquier otra ciudad, cada sitio evidenciaba que había dos nobles responsables.

Ser Varus hizo un gesto de despedida a uno de los guardias y se dirigieron por la gran avenida principal hacia donde debería estar la mujer que supuestamente ayudaría a Esaú. Ella dirigía la casa de la acogida donde podrían curar las heridas del escudero que no daba señal de debilidad a pesar de los castigos sufridos. Siguieron el cartel que con un dibjujo  indicaba dónde estaban los recintos destinados a los seguidores de las tres diosas. Además ese sector tenía una sede del Círculo, el cual se instalaban en ciudades que le eran interesantes por sus avances o incluso por razones que no se entendían de buenas a primeras.

Aunque no podían malgastar el tiempo, les fue imposible aumentar la velocidad entre tanta gente que llenaba la avenida. Nievegrís era muy diferente a todo lo que Rolf había visto antes, no encontraba pobreza en medio de las construcciones por donde pasaban. Era una ciudad muy ordenada en su base, pero se notaba que habían tratado de construir en altura  y que en algún momento lo tuvieron que dejar de hacer, porque todos los edificios llegaban a un máximo de alto. El conjunto recordaba a un tronco cortado de un sólo hachazo horizontal.

Llegaron a un edificio casi en el centro de la ciudad, que estaba al costado del templo donde se veía pulular gente de muchas etnias alguns de los cuales probablemente no eran del reino, algo había hecho de esa ciudad un centro muy interesante para más gente de lo que se podía esperar de un pueblo minero perdido y emplazado en medio de dificultosos caminos. Entraron, Ser Varus con Esaú en sus brazos, que al parecer estaba peor que cuando lo había encontrado Rolf, quien les seguía de cerca. El paje tenía ojeras, el escudero lo tocó en la frente y corroboraba lo observado en los febriles ojos del pequeño. Si un alquimista, herbolario o sanador sólo viera esos signos, pensaría en algo pasajero; lo que les inquietaba era el cambio de la piel, en la que habían aparecido ronchas verdes, y la mancha oscura del cuello, que había crecido.

- ¿Hay alguien aquí?- preguntó el caballero en la entrada vacía de una mezcla entre posada y templo. Pasaron unos incómodos minutos de silencio; Rolf estaba molesto y comenzaba a impacientarse.

 - ¿No hay otro lugar donde llevar a Esaú, Ser? - dijo el escudero. Si hubiera sido su decisión, ya estarían buscando donde curar a su amigo, pero oyó pasos que se acercaban.

Una mujer apareció desde una esquina al cabo de un tiempo que les pareció eterno. Por el otro costado habían unas puertas grandes de las que salían murmullos y quejas; debía ser donde estaban los enfermos.

- Buenos días - les dijo la mujer sencillamente vestida de verde y con un triángulo bordado en sus ropas. Lo más rápido que pudo se acercó a ver el bulto que cargaba el caballero.

- Buenos días, necesitamos de la ayuda de Berna.-

La mujer se presentó como Colombe. Era una de las tres encargadas subordinadas a Berna  y le contó que ésta hacía tiempo que estaba ausente ayudando en las cavernas de Nievegrís, donde había surgido un brote de fiebre de cristal. Los guió hacia la esquina desde donde había salido; allí había una escalera de caracol y un pasillo. El suelo era de madera, pero todo el resto era de piedra pulida con cal.

Luego de que Ser Varus le contara los acontecimientos y Rolf describiera a la criatura, la mujer se acercó a Esaú y le hizo una caricia.

- Pobre, tendremos que mantenerlo aislado mientras lo limpiamos- les contó con preocupación Colombe.

- Además este muchacho necesita curar unas heridas - le respondió el anciano mirando con reproche al escudero.

Rolf le devolvió la mirada buscando las palabras indicadas cuando sonó una campanilla. Al parecer era la hora en que hacían rezos en honor a las tres diosas, ya que Colombe los guió hacia fuera de la habitación. Ahí el joven pudo ver que había mujeres vestidas de blanco de distintas edades y dos más con distintos colores una de vestido rojo y otra con vestido azul,

Después de terminadas las oraciones, una mujer se llevó a Rolf para atender sus heridas. Desde entonces había pasado más de dos días bajo los cuidados de las doncellas de la tríada. El joven intentaba dormir sobre un costado, pero se le hacía difícil porque las heridas ya limpias le escocían. No era tarde, pero le recomendaron que reposara, le dieron unos brebajes que le ayudarían a descansar pero aún así la preocupación por su amigo no lo dejaba en paz. En la habitación había trece camas más; no eran tantas considerando lo grande de la ciudad, pero al parece era más que suficiente, porque sólo se veía un par de hombres mayores con distintas extremidades en alto y una mujer que tosía mucho, la cual estaba entre dos pabellones de paño; sólo sabía que era mujer por su voz. En otros lechos  había un par de cuerpos más pequeños que parecían de niños de la edad de Esaú. Su maestro venía cada día a ver cómo estaban y le había traído un pergamino a Rolf. Aunque parecía frío para otras personas, Ser Varus estimaba mucho a Esaú, y para Rolf era un ejemplo; a pesar de las diferencias en el pasado, el escudero había aprendido mucho y tenía en gran estima al experimentado caballero.

Las puertas se abrieron y aparecieron las mujeres, entre las que había una en especial que a Rolf le llamó la atención. Tenía el cabello de la gente del Valle, pero la piel como las personas de Sombrese. Fue ella quien le dio de comer y le arregló las ropas de cama, era muy bella y no mayor que el muchacho.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó Rolf después de darle las gracias al terminar de atenderlo, pero ella hizo unos gestos que él no entendió.

Luego de intentar sin éxito llamar su atención, se rindió e intentó leer en el pergamino que le había dejado su maestro los movimientos de defensa que le había explicado Ser Varus durante su viaje. Cuando ya se iban las doncellas de la tríada, entró corriendo en la habitación un muchacho que a Rolf le pareció igual al que le había robado en la entrada a la ciudad.

- ¡¡Agárrenlo, es un ladrón!! - gritó Rolf mientras intentaba levantarse, a pesar de los parches.

Las mujeres miraron a Rolf con desaprobación. El supuesto ladrón se aferró a la chica atractiva y le hizo gestos que éste no pudo entender. Las demás mujeres le hicieron preguntas al jovenzuelo y el ánimo cambio totalmente; empezaron a moverse de manera frenética revisando las ventanas de la habitación y se desplegaron saliendo rápidamente de la sala, el escudero quería entender que produjo el cambio.

- Ayla no puede hablar y el chico es hijo de su madre  - le dijo la última de blanco mujer que iba a salir.

- ¿Qué ocurre? ¿Por qué corren? - preguntó Rolf, ahora más intrigado aún.

La mujer se devolvió con la encargada de rojo, a la que llamaban tría Monique y esta última le contó que vivía gente en bajo las calles de la ciudad,  la mayoría de ellos mineros e hijos de matrimonios de ambas regiones, que eran rechazados como parias; mientras más abajo, más pobres eran quienes vivían. Entre las personas de los niveles inferiores habían surgido sectas que cometían atrocidades cada cierto tiempo en nombre de los más desposeídos. En un intento por detenerlos, los hombres de Roger habían más bien creado mártires y casi divinidades, al arrasar muchos de esos guetos. Alguien había corrido la voz de la llegada al recinto de un chico poseído por un espiritu maligno y uno de esos grupos de fanáticos quería venir a buscarlo para sacrificarlo en nombre de su divinidad.

- Debemos llamar a la guardia - le dijo Rolf a la tría, que era una de las que estaba a cargo.

- Este asunto es más complejo de lo que parece, si involucramos a la guardia será un caos para todo la ciudad - respondió Monique - No los dejaremos entrar, el asunto pasará cuando tu amigo esté sano, aunque no es el único que está aislado.

Tría Monique estaba cerrando la sala cuando retumbaron las puertas de entrada. Una enorme tranca que les costó mover a seis de las mujeres impedía que las abrieran. Desde debajo  del suelo sonaban una especie de tambores. Rolf buscó con la mirada algo con que luchar si tuviese que hacerlo, ya que no sabía dónde habrían guardado sus armas. Ya estaba en pie cuando se oyeron voces de hombres que bramaban en los pasillos…  habían entrado.

Continuará...



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