lunes, 19 de mayo de 2014

Capítulo VI: Montañas de ilusión

Iban los tres viajeros camino a Nievegrís; llevaban casi un día de camino por la montañas y hacía  tiempo que había dejado de ser un viaje sencillo. No habían podido hacerse de víveres en Encrucijada y trataban de tomar rutas menos concurridas, todo eso debido a las malas artes de Roger Lefleur. La gran Madregrís, la enorme montaña por la que debían pasar, era una gigantesca formación rocosa, le ofrecía a los hombres sus minerales y piedras preciosas desde tiempos inmemoriales, pero no tenía nada más que dar. Estaba llena de vida, claramente, pero no necesariamente de la que uno desearía encontrar; había muchos cuentos y leyendas acerca de las razas que la habitaron. Fueron tantos los mitos y leyendas que varios asesinatos se asociaron a ataques de criaturas extrañas, seres mitológicos y otros no tanto que incluso un rey fuera de sus cabales construyó un fuerte inexpugnable, demasiado quizás, pero lo seguro fue que jamás nadie quiso probar su poder.

Los señores del Valle de Roca y Sombrese se habían disputado el territorio durante mucho tiempo, por lo que el rey decidió que fuera para ambos. Pero desde la época en que se habían mostrado los dientes, ambos nobles se habían hecho enemigos, Roger siempre con artimañas tratando de conseguir más por menos y Ser Reginald intentando demostrar quién era Lefleur realmente. El señor del Valle de Roca fue muy cercano a Ser Varus en el pasado, razón por la que llegar a Nievegrís era tan necesario.

El más joven del grupo, Esaú, ya había pasado hambre anteriormente, en especial durante el tiempo antes de haber estado viviendo en los campos y bosques al amparo del Grupo Liberador del Claro. En ese momento del viaje ya habían pasado varios días sin probar nada más que agua, aunque habían intentado recolectar frutos pero entre los montes y corriendo para salir de la región, no habían tenido mucha suerte. Rolf no estaba en mejores condiciones; con sus heridas abiertas de suerte no había agarrado una infección.

Estuvieron bordeando uno de los tantos acantilados que como una mujer con su belleza te puede costar la vida. El camino no daba espacio hacia el costado más que para un caballo e incluso así el riesgo de despeñarte era alto. Se podían  ver las múltiples formaciones rocosas y cristalinas que la luz del sol iba transformando en paisajes irrepetibles, arcoiris y prismas de distintos tonos de los que un poeta se maravillaría e incluso se le haría difícil describir. Para Rolf fue la primera vez que andaba por esos lares  y se le hizo maravilloso, las instrucciones de Ser Varus le  hicieron mantenerse a una distancia de muchos pies ya que el terreno era muy peligroso y frágil. Una señal de su maestro le indicó que debía avanzar, antes de hacerlo el escudero  quiso repetirle las instrucciones al paje, pero al volverse el sitio donde debería ir el caballo de carga estaba vacío. Ser Varus vio el gesto de Rolf, pero lo angosto del camino le impidió girar el caballo y sólo pudo avanzar. El escudero comenzó la búsqueda; no  era la primera vez que Esaú no  seguía una orden, pero las pocas veces que no lo había hecho fue por causas justificables, pero Rolf no encontraba nada que explicara su ausencia.

Dejó a Noche, su caballo, al cuidado de su maestro y empezó a devolver los pasos donde pudo encontrar las huellas que ellos mismos habían dejado. Un nuevo juego de luces provocado por un paso de nubes le mostró a Rolf que había caminos que no se veían salvo para conocedores del sendero. Uno tras otro fue revisando numerosos pasos , pero ninguno daba muestras de que el paje hubiera andado por allí. Siguió observando el suelo hasta que creyó ver unas pisadas del caballo rumbo a un pequeño arroyuelo que caía entre las formaciones cristalinas.

El agua que pasaba estaba heladísima como sintió con sus dedos al beber de ella y esta daba vida a una pequeña formación vegetal donde Rolf pudo encontrar arbustos con diversos frutos. El hambriento escudero estuvo a punto de arrancarlos y devorarlos, pero recordó las palabras de su maestro, que durante el viaje le estuvo explicando de ciertos árboles y arbustos que daban frutos que en  humanos causaban diarrea u otras enfermedades. Los frutos se parecían más a los que se podían comer que a los venenosos, pensó el escudero a medida que fue avanzando. A pesar de la comida ser tentadora Rolf se enfocó nuevamente en su principal búsqueda. Siguió recorriendo el lugar en busca de nuevas pistas de Esaú o al menos del caballo. Este no era muy dócil con Rolf, en cambio con el chico se llevaba mucho mejor, igual que la rata que Esaú había bautizado es su honor. El joven nunca había sido  enemigo de los animales, pero el paje tenía un don. Sin pensar, el hambre lo venció, arrancó un puñado de los frutos que se veían más inofensivos, se metió dos de ellos en la boca y el paladear el dulce jugo le avivó más el estómago.

Siguió revisando por un costado de los matorrales donde encontró que había un sendero que se veía extraño, demasiado artificial para estar en esa parte de las montañas. Este delgado camino se empezó a torcer para terminar abruptamente, pero Rolf sabía que tan sólo era un truco visual provocado por la distancia, al acercarse vio que seguía por un costado. Ya había recorrido mucho terreno, pensó el escudero al mirar hacia atrás, era momento de marcar nuevamente para cuando quisiera devolver los pasos. El siguiente hallazgo fue algo más inquietante, era un trozo de ropa que coincidía con la del paje, esta alguien la había dejado en el comienzo de una abertura.

Después de buscar y revisar por pistas habían pasado las horas, el mediodía ya no era más que un recuerdo. Nuevamente cambiaban los tonos, brillos y reflejos, pero lo que en ratos antes había maravillado a Rolf pasó a ser una molestia, no le ayudaban a encontrar a su amigo y el poco equipaje con que contaban. A pesar de todo el tiempo que había pasado buscando era muy poco lo que había encontrado, al parecer el caballo de carga había seguido andando, pero no daba muestras de haber sido arrastrado ni acompañado por más gente.

El escudero no aguantó la curiosidad y entró por la abertura que en un principio le pareció una cueva, pero al avanzar era claramente un túnel labrado, con antorchas encendidas y el piso con detallados mosaicos. Se empezó a sentir confundido y le faltó el aire, la sed volvió y esta vez acompañada de calor, mas siguió avanzando por este extraño laberinto que cada vez le parecía más familiar, de pronto sintió pasos más adelante. Rolf ignoró los malestares, avanzó rápido y sigiloso por la galería que le traía recuerdos fuertes, no, era imposible, la galería que comunicaba los terrenos del círculo externo con los del círculo intermedio estaba en otro continente, no en medio de una montaña, su mente le daba vueltas y vueltas, miró los frutos que quedaban en su mano, había dejado de sentir el dulzor y su boca estaba pastosa.


- Rolf, eres un bruto- recordaba la voz de Xin, uno de los más extraños aprendices del círculo interno, venía de unas islas muy lejanas, de las que no había oído hasta que lo conoció-  Te haces el valiente, pero no irías a la galería negra-

La galería negra era uno de los pocos caminos que comunicaban los círculos prohibidos con el círculo externo, donde vivían, estudiaban y comían los aprendices, hasta que se podían considerar  miembros del Círculo, los que querían seguir investigando, trabajando dentro de la institución o incluso  relacionándose con otras culturas, al menos eso era lo que habían oido de conversaciones y rumores.

- Yo voy y vengo por ahí, ese es "MI" camino - Rolf resultaba más arrogante de lo que él mismo planeaba.

Esa noche el joven recorrió la galería cuando todos dormían menos un testigo. Como habían concertado, el elegido no era amigo de ninguno, debía ser imparcial, consiguieron comprarlo por su parte de los postres. Cuando ya terminaba el recorrido, vio a muchos avanzados que iban custodiando a alguien que ocultaba su cuerpo con un manto y su cabeza con una capucha. Después de ese momento sólo recordaba haber vuelto a las habitaciones, nadie volvió a preguntar del tema, Xin nunca le pidió las pruebas y el testigo fue enviado a otro de los grupos, cada uno de ellos estudiaba aparte a pesar de ser todos aprendices. Cuando intentó hablar con él, el muchacho no lo reconoció y al insistir, el pobre se desvaneció, cayendo al suelo.


Pasadas las nauseas causadas por los recuerdos, Rolf, sintió más cercanas las pisadas, aceleró los pasos al límite de no ser oído pero aún ser rápido, giró en un recodo de la galería y dio con una figura que había perseguido por años y no esperaba encontrar allí, era su adorada actriz ambulante por la que había dado un vuelco a su vida.

- ¿Francine? – Rolf recordaba cada uno de sus rasgos como la primera vez que la vio en las calles de Blackwell, a pesar de que había pasado el tiempo, varios años desde que se empeñó en seguirla y dejar el Círculo.

Era la figura bien contorneada de una mujer esbelta de cabellera azabache, ya no tenía la estatura de una niña, le habían crecido las piernas, cuyo largo se apreciaba a pesar de la falda granate con borde dorado, colores más llamativos de los utilizados por el común de doncellas y damas del reino. Para Rolf sería siempre la mujer más bella. La doncella se  acercó tapando su rostro en un gesto de timidez, el joven embelesado por el contorneo de sus caderas no vió nada más que sus sueños hacerse realidad, la joven con la mano libre le tomo el jubón al escudero que sólo atinó a balbucear.

- Francine, la noche que te fuiste yo estuve castigado, no sabía que dejarían el pueblo con la compañía -

La actriz le hizo un gesto para que se callara y se fue acercando a su pecho, en una especie de baile calmo y seductor que en la corte no sería bien visto. Rolf que jamás había besado una mujer había esperado y soñado tantas noche con ese momento. No sabía cómo alcanzar los labios de su amada. Cuando ella giró su rostro para hundirlo en su cuello el escudero trató de buscar la boca de ella, en su intento de hacerlo mejor el joven abrió uno de sus ojos, para ver... un rostro viejo, arrugado y escamoso y con algo extraño en su boca.

- ¡¡Tú no eres Francine!! - gritó Rolf al empujar a la figura que ahora se veía vieja y roñosa.

La falsa Francine gruñó y se lanzó en pos del joven, el escudero todavía sorprendido por la situación sólo atinó a tomar posición de combate y sacó su puñal. La criatura le pegó un arañazo que rasgó una manga de Rolf quien logró esquivar apenas el golpe. La rabia subió por el cuerpo del muchacho, no era la primera vez que tenía que defender su pellejo, su vida no acabaría en las montañas. La criatura, quien mantenía la ilusión de los ropajes de una bella mujer con los razgos de una vieja con lepra y una boca asquerosa, siguió intentando dañar a Rolf, quien mantuvo la distancia y a pesar de la ira en sus venas. Ser Varus le había enseñado que la frialdad era un arma para un caballero. Un nuevo movimiento de la horrible mujer no llegó a golpear las carnes  del joven guerrero, quien dejó el brazo intencionalmente unos segundos más,  lo que utilizó la mujer para asirlo; utilizando la fuerza del agarre Rolf, se dió un impulso que terminó con el cuchillo enterrado en la garganta de la cosa, sacó el acero y los borbotones de un líquido verde  mancharon el suelo.  Rolf, cansado por la pelea, todavía con sus heridas abiertas sin poder ser curadas, mareado por los recuerdos y los frutos que aunque no le causaron diarrea casi le cuestan la vida, se sentó apoyandose en la muralla, sería sólo un descanso, de a poco fue cerrando los ojos y durmió.


No supo cuanto tiempo había pasado, cuando despertó ya no sentía el calor ni las molestias en su cabeza. Vio el cuerpo envuelto en viejos ropaje, pero le importaba más Esaú que la curiosidad. La caverna era una vieja mina, algo le había causado confusión e ilusiones que le trajeron todos esos recuerdos. Se paró e intentó dar con pistas, todavía no había encontrado a su amigo. Recorrió el túnel y llegó a una salida de la mina. La luz lo cegó los primeros segundos y encontró una construcción de madera que parecía la casa de antiguos mineros emplazada en un pequeño valle entre dos laderas de las enormes montañas. Se sorprendió felizmente, pues allí estaba el caballo amarrado. La cabaña de madera tenía un par de ventanas, el escudero miró por ellas y vio las ropas del paje colgadas en los postes de una cama. Rápidamente Rolf ingresó en la casita y descubrió que dormía  Esaú en ella. Lo levantó y se lo llevó al caballo, el chico despertó a lomos todavía cubierto por las ropas de cama y se inquietó.

- ¿Rhuana? –  preguntó el chico mientras se restregaba los ojos.

- No, Esaú, soy yo - respondió el escudero mientras comía un poco de carne salada, que pensaba que se había acabado

- ¡¡Rolf!! ¿¡¡Viste a Rhuana!!? - preguntó inquieto el paje.

- No era una mujer, era una criatura que me atacó - el cansancio no dio tiempo de ser prudente al escudero.

- ¿QUÉEEEEE? Pero si me dio comida y se parecía a mi mamá - exclamó el paje a punto de comenzar a llorar.

- ¿Cómo te sientes? Te ves cansado - preguntó el escudero , parado junto al caballo, mientras le echaba una mirada más larga a Esaú desde que lo había subido al noble animal.

- Si, no me siento muy bien. La mujer me hizo cariño como mi mamá, pero sólo quería dormir después.- dijo el paje. Rolf  se fijó en el pequeño y a instancias de sus palabras le buscó en la misma zona donde le había atacado la criatura y encontró unas marcas en el cuello del chico.

Siguieron avanzando, el chico a caballo mientra Rolf lo dirigió para entrar a la cueva, luego atravesaron el túnel de la mina. Donde estuvo el cuerpo sólo encontraron la ropa y polvo. Después de andar llegaron a una de las marcas que había dejado Rolf y un poco más tarde vieron al anciano caballero a lomos de Fuego.

- Gracias a las diosas que están bien - dijo Ser Varus al estar a su lado.

- Buenas noches, Ser Varus - se acercó Rolf al caballero y le contó lo ocurrido.

- Debemos partir lo antes posible, necesitamos que limpien a Esaú, debemos llevarlo al enclave de las seguidoras de la tríada - ordenó el caballero mientras se ponía en marcha apurado - Allí nos ayudará Berna.

- ¿Limpiar de qué? - preguntó el escudero.

- Esaú está infectado, si no lo limpiamos lo perderemos.- Respondió el anciano.

Continuará...

martes, 6 de mayo de 2014

Capítulo V: Polvo y ceniza

El cañón se llenó con gritos. Unos fueron las voces guturales y groseras de los asesinos a sueldo, otras fueron las palabras llenas de dolor del maestro y el amigo del joven escudero que con una rodilla en el suelo parecía desvanecido por el dolor.

- ¡¡Muere!! ¡¡Maldito!! - fueron las palabras dichas socarronamente.

- ¡¡Rolfff !! - fueron los segundos alaridos que parecían compartir el dolor.

El tiempo se iba haciendo lento para Rolf, cada segundo parecía pasar muy lentamente. Los bramidos de ambos bandos no eran más que sonidos ininteligibles, el dolor en la espalda mezclado con los alaridos había hecho recordar al escudero que aún vivía y debía luchar.

Habían sido rodeados, a Rolf la culpa se le mezcló con rabia, había puesto el plan en peligro y con ellos sus vidas por no obedecer. Nunca había sido bueno en eso, pero cuando viajabas con un guerrero experimentado un detalle marca la diferencia, era la delgada línea entre el arrojo y la imbecilidad.

La frialdad le volvía a la cabeza, mas no a sus venas; le carcomían las ganas de acabar a golpes y dentelladas con estos malditos violadores y asesinos. Pese a eso se mantuvo agachado, esperando el momento indicado. Uno de los mercenarios más ágiles había logrado entrar por otra de las grutas y al parecer había ayudado a otro no tan hábil, esa treta era lo que debía haber vigilado Rolf. Confiados en que estaba herido le tiraron una patada, era fácil y ahora tendrían rodeado al viejo cabrón, debían pensar los mercenarios. Rolf aprovechó ese tonto gesto para contraatacar, levantó la lanza con rapidez y le hizo un corte a su enemigo en el pecho, además de rebanarle la oreja.

- Hijo de pu… - Chilló el mercenario, y retrocedió. Era uno de los que ni siquiera se había preparado para atacar a un viejo, su escudero y un niño.

-Ahora concéntrate-  le dijo Ser Varus a su escudero. No podía ser conciliador en esta situación, se había demostrado el exceso de confianza y la poca inteligencia de los mercenarios, pero aún así eran muchos.

Las antorchas, al ir pasando la tarde, se habían hecho pocas, sus luces sólo proyectaban tenues sombras. El mercenario herido cedió el paso dejando al otro Acero Sangriento que lo enfrentaba en primera posición. El asesino más pesado blandía un martillo de guerra y una rodela, tanto maestro como escudero se miraron de reojo, Rolf se convenció finalmente de que Ser Varus confiaba en él plenamente; tendría que corresponder esa confianza.

Con nuevos bríos mantuvieron a raya a sus violentos atacantes, en una rápida ojeada el escudero contó menos enemigos que al comienzo del combate. Quizás huían, aunque eso sería demasiado fácil, pensó Rolf.

- Cuidado, nos van a caer encima - le dijo Ser Varus en praxas, la lengua que utilizaban los miembros del Círculo y eruditos.

El escudero sintió la tensión, su rival en vez de atacar directamente realizó una finta tras otra como un mal aprendiz, no debía estar acostumbrado a mantener la cautela. Quienes enfrentaban al caballero errante sólo lo intentaron distraer lanzando dardos y cuchillo. Entre los dos últimos cuchillos el cielo se hizo más oscuro para el caballero y el joven guerrero por un segundo, luego  vieron lo que parecía sólo unos trapos caer con una sonora crujidera de huesos. Otro sangriento yacía, ya eran tres las bajas de los mercenarios. Nadie se explicaba quien más podía estar allí. Los mercenarios se pusieron inquietos, habían perdido la confianza, pero la fueron reemplazando con rabia y sed de sangre, como si la antes fuera poca.

Volvieron a chocar los aceros, sin haber escondido su fuerza esta vez. El sonido se amplificó en el desfiladero, los gritos fueron menos esta vez. Ser Varus aprovechó para presionar a uno de los guerreros contrarios, el que no resistió el sorpresivo envión y tropezó, recibiendo el canto del escudo en el cuello. Yació el asesino en el suelo dando sus últimos suspiros. Con el mismo movimiento el caballero mandó un corte terrible que no pudo esquivar uno de los sangrientos que cargaba con un martillo; si no estaba muerto, pronto seguiría a su compañero al Pozo infinito.

Rolf escuchó sonidos detrás de sus enemigos, pero no era él quien debería preocuparse. Como nunca antes aceptó las instrucciones y se mantuvo atento a las palabras de Ser Varus y ahora era todo concentración. Los mercenarios y Rolf estaban inquietos, un golpe en sordo fue escuchado por el muchacho y su enemigo, el tercero desapareció entre las sombras. Ya se había oscurecido totalmente, era noche sin Luna. Nadie estaba muy contento, las noches en terrenos montañosos tenían leyendas horribles y los mercenarios, seres que vivían entre la vida y la muerte, solían ser muy supersticiosos. Por su parte, Ser Varus sólo estaba más atento, vigilante y volvió a la posición defensiva.

El rival de Rolf, el asesino más lento, combatió con muy poca precaución, más escondido detrás de su rodela que golpeando con el martillo. Dio miradas constantemente a su espalda, más preocupado por rivales ficticios que de quien tenía enfrente. La oscuridad devoraba el resto del cañón. Esquivó uno de los golpes del joven escudero. mas cuando se tiró a atacar, un sonido extraño lo hizo perder el golpe, el que lo dejó con la guardia abierta. Rolf, ni tonto ni perezoso, atacó nuevamente con un golpe directo a las entrañas, donde terminaba el coleto. Un olor nauseabundo llenó el aire, pero el golpe, aunque terrible, le dio tiempo al mercenario para intentar un golpe en la cabeza desnuda de Rolf. Si no hubiera sido porque que el alma dejó al miserable, este se hubiera llevado al muchacho al Pozo Infinito con él.

- Ser Varus, retaguardia limpia - Eran las palabras triunfales para una victoria que no sabía así, después de sacar la lanza de las vísceras del asesino. Había cuerpos por todos lados, olor a sangre y deposiciones. Ser Varus mantuvo la postura defensiva debido a los múltiples proyectiles que le  lanzaban los mercenarios restantes.

- ¡¡Deténganse!! - Rolf no sabía qué podía tener en mente Ser Varus para decir esas palabras  - Que un duelo termine con esto, ya ha habido demasiada muerte- el anciano terminó de decir con su voz fuerte y ronca.

- Viejo, ¿¡Si yo gano qué me llevo!? –  Se adelantó  mientras gruñía un hombre alto, con unas zonas quemadas y cortes en la cara, debía ser el cara de perro que mencionara Esaú.

- Nos llevas a los dos sin más derramamientos de sangre y sin molestar a los aldeanos- Ser Varus quería obligar a aceptar al jefe de los mercenarios basándose en la confianza que se tenía. -Si yo gano, se van del pueblo con las manos vacías y entierran sus muertos- el caballero sabía que no podía ser suave con esas bestias crueles.

- Esos serán quemados por ser unas basuras blandas- gruñó el gigantón después de escupir entre las rocas.

- Verás que haces con tus pecados - Sentenció, sombrío, el anciano.

Los mercenarios alejaron los cuerpos, los intentaron utilizar para delimitar un sector, pero Ser Varus lo impidió. Rolf iluminó mejor la zona, estaba tenso; no se podía confiar en esos bastardos.

El experimentado caballero se ajustó la armadura ligera, estaba cansado pero no lo demostraba, por su parte el gigante deforme estaba fresco, no había combatido, tenía menos hombres de los que esperaba, pero aún así tenía mucho a su favor, parecía un bárbaro. Rolf lo encontraba similar a un hombre de Xarja, una región distante y perdida según los exploradores de la que sólo se tenían documentos raros en centros de estudios y embajadas.

Los dos guerreros se miraron como si fueran a chocar dos carneros disputándose el territorio, no sería bello y eso lo sabía el anciano, se notaba la experiencia en ambos lados. Por uno era la práctica y el estudio, además de estrategia y calma. Por el lado otro era todo lo contrario, sed de sangre y violencia, quizás hambre en un principio, pero por sobre todo odio y brutalidad.

El hombretón dio un alarido gutural mientras blandió su afilada hacha para fintar y seguir con una patada que iba dirigida a derribar a Ser Varus. Este esquivó y lanzó un corte de manera automática con la espada larga desde abajo hacia arriba, chocó con una de las placas del extraño ropaje del mercenario. Este consistía en cueros de animal teñidos de negro mezclado con trozos de metal, anillos y puntas que no se distinguían. Los Aceros Sangrientos, o lo que quedaba de ellos estaban en el extremo opuesto de Rolf en el cañón, a una distancia de los combatientes. El gigante había vuelto a arremeter haciendo chocar los aceros, el hacha de doble filo  se mantuvo en su mano avivándole la sed, mientras Ser Varus tuvo que dar una par de giros con la espada para controlar la vibración del golpe. Siguieron así un par de golpes, el caballero errante seguía calmado midiendo y calculando al gigante, quien parecía tener energías infinitas.

Rolf miraba fijamente a los demás Aceros Sangrientos, estos habían vuelto a recuperar la confianza, entre mercenarios y aceros de alquiler el título de jefe se ganaba con sangre y se pagaba con la vida. Animaban a su jefe, pero sólo pensando en el dinero que obtendrían a cambio de las cabezas del viejo y el muchacho, no había ni lealtad ni estima.

El gigante intentó un golpe terrible que no dio con el caballero en su mollera por una uña, en cambio  azotó una de las paredes de piedra que provocó una nube de polvo y un sonido fuerte, sordo. Estos se siguieron repitiendo, lo que al caballero lo tuvo intranquilo. Le había logrado dar un par de cortes, pero el jefe de los mercenarios no mostró mayor problema. Cuando menos lo esperaba el gigante le hizo perder la espada y le intentó rematar con un hachazo, que se enterró finalmente en la piedra, dándole tiempo al caballero para recuperar la hoja acerada.

- Bragh, destruye al viejo pronto- le recriminaban las huestes al gigantón, olvidaban los cuerpos sin vida de los que fueron sus camaradas, parecían inquietos por los sonidos del cañón que junto con el viento nocturno producían escalofríos. Uno de los mercenarios ocultaba algo, Rolf no lograba ver tapado por los cuerpos de los combatientes. Un cuchillo arrojadizo cruzó por una de las mejillas de Ser Varus chocando finalmente con la piedra, uno de los mercenarios desaparecidos había vuelto y no sabía del duelo. El asesino estaba apuntando con el siguiente cuchillo dispuesto a lanzarlo al caballero sino hubiera sido por una flecha que cruzó el aire y le impidió el tiro, seguida por otra que le atravesó la mano.

Excepto por Ser Varus y Bragh, todos los  ojos se habían detenido en las cornisas del cañón. No los habían sentido, nadie los vió llegar, eran cinco hombres con arcos más un pequeño grupo de aldeanos repartido en ambos lados de las rocas.

- ¡Traición !- aulló el herido, como todo truhán pidió lo que jamás dió.

Los demás mercenarios ni siquiera miraron a al herido, ya no les quedaba más opción que esperar la victoria de Bragh. Rolf había estado mirando a los hombres sobre las paredes de roca y entre ellos reconoció a Esaú, que le había estado haciendo señas. Iba a dejar de mirar a los arqueros cuando con movimientos desesperados y de espanto se aferraron a donde pudieron.

El gigante, enfurecido por las esquivas del caballero, intentó dar por terminado el duelo con un golpe tal que resonó como el más fuerte de los truenos. Una de las laderas del cañón se desplomó inundando de gritos, polvo, confusión y muerte.



Esaú estaba parado a un lado de Rolf que miraba las piras que había encendido Ser Varus, los cuerpos con los jirones de ropa llenas de sangre sobre montones de paja, no tenían vestimentas apropiadas con las que darle sepultura y tampoco tiempo para gastar. El escudero no estaba contento con su maestro, no había logrado entender la deferencia hacia asesinos y violadores que incluso intentaron acabar con sus vidas.

- Ser Varus, ¿por qué?

- Rolf, estos miserables nunca recibieron nada en la vida. Tú deberías entenderlo, cuando te encontré estabas en un cepo condenado a muerte, nadie te hubiera sepultado. El odio genera odio, debemos tener piedad. Lo que aprendí de las diosas, es que en sus valores las vida crece, como caballeros vivimos y elegimos esos valores. Nunca olvides:

            Las tres diosas justicia ofrecen
            Fortaleza Sorya exige
            y Esperanza con risa da
            Prudencia Ursya exige
            y Caridad sonriente da
            Templanza Varsya exige
            y Fe con felicidad da

- ¿Ser Varus canta? - preguntó el paje.

- Esaú ¿Y tú, dónde estabas?-  Rolf  había estado preocupado por su amigo y entre todos los acontecimientos no tuvo oportunidad de preguntar.

- Yo estaba mirando entre las rocas, no podía perder otro amigo después de la desaparición de Rolfy. Cuando llegaron más personas pensé que estabamos perdidos, pero ellos eran cazadores también del pueblo que vinieron con los campesinos y querían vengarse. - Ser Varus y Rolf al fin se pudieron explicar la desaparición  y muerte del resto de mercenarios.- Yo, también causé la muerte de un mercenario -. Dijo el paje con pena, el caballero lo miró y negó con la cabeza - Pero era él o Rolf, no quería que muriera, nadie debe morir.

Todavía les quedaban preguntas, pero había una que nadie podía responder ¿Qué había pasado con el jefe de los mercenarios?

- Vayan, yo los alcanzo-  les pidió Ser Varus a los chicos, quienes oyeron unos breves cánticos en palabras que no pudieron entender, al alcanzarlos continuó.- Debemos irnos pronto, hemos causado muchos sufrimiento.

Los tres viajeros montaron sus respectivos caballos, no estaban contentos. Habían sobrevivido, pero a un terrible costo; no eran sólo los mercenarios muertos, ellos no habrían dejado a Encrucijada como una mancha de dolor y destrucción si no no los estuvieran buscando. Rolf además luchaba contra sus heridas, que entre corte y latigazos empezaban a sangrar con cada salto del caballo.

Continuará...

domingo, 20 de abril de 2014

Capítulo IV: Encrucijada

El caballero ya entrado en años encabezaba la pequeña procesión. Iba acompañado de su  escudero, quien no era tan joven como debería, y al final iba el paje perdido entre los utensilios que llevaba el caballo de carga. Cualquier hombre viajado se daría cuenta que era una travesía improvisada por el número de caballos. A pesar de ser próscritos estaban optimistas en un principio por el bien logrado escape desde las mazmorras del marqués de Sombrese; de hecho, Rolf había retomado sus clases de esgrima, entre otras, durante el viaje a Encrucijada, el pueblo que estaba en camino a Nievegrís. Este no era muy grande, se había ido formando por gente que tenía sus prados muy lejos de Sombrese y por necesidad de los habitantes del pueblo minero de Nievegrís, que al aumentar sus extracciones de distintos minerales no alcanzaba con los alimentos y herramientas de los pocos campesinos del sector. Ahora Encrucijada ya era un pueblo con sheriff, taberna e incluso una pequeña plaza. Al sur, el camino atravesaba la región, pero el siguiente pueblo estaba muy al sur; este se llamaba Lago Verde. Para poder llegar a él había que atravesar un pequeño cordón montañoso, lleno de pasajes que impedían el paso de grandes caravanas. Estas solo podían cruzar por el camino principal, abierto por los hábiles ingenieros del rey durante una guerra ya remota.
Rolf veía la excitación en el rostro de Esaú, el chico estaba hambriento de nuevas experiencias, tal como él lo había estado en su primer viaje a otra ciudad. Ni siquiera habían llegado al pueblo cuando Ser Varus divisó gente. El anciano caballero dados los años de recorrer el mundo sabía que era mejor tener información del lugar por parte de los nativos y fue la experiencia obtenida en ese tiempo la razón por la que inició  una conversación con un labriego que cambió totalmente el ánimo del grupo.

- Buenas tardes, vamos camino a Encrucijada. ¿Todavía funciona la posada de Luke?-. Preguntó el caballero errante.

- Huff. - Exclamó el labriego, parecía muy cansado.- Usted no sabe, mejor váyase antes de que lo dejen sin nada.

- Pero, ¿qué pasa?- Insistió el caballero. Rolf sabía que Ser Varus no daría pie atrás hasta saberlo todo.

- El pueblo no es un lugar seguro para ir, Ser. Le ruego, mejor váyase. Los aceros sangrientos lo van a matar si lo ven aquí, todo está perdido.

- No, no podemos dejarlo así. Al menos cuéntame lo que ocurre para traer la autoridad si es ese el problema-. Rolf no sabía de que les servía realmente saber eso, pero al haber escuchado de Aceros Sangrientos todo le resultó más claro, debían estar relacionados con Roger, ya había oído de ellos entre los campesinos de los alrededores y sus crueles intervenciones.

El pobre campesino tenía los ojos llorosos, no le importaba demostrar sus emociones. A Rolf esto siempre le parecía algo admirable, ya que los nobles nunca demostraban sentimientos. Todo lo ocultaban, todo le parecía falso, al contrario de los humildes.

- Ellos llegaron buscando a un grupo de viajeros, hace dos lunas, pero no quisieron esperar en un campamento. Tomaron todo lo que quisieron. El sheriff intentó apaciguarlos, pero tenían un pergamino que les daba impunidad de actos. Cuando nuestro sheriff no siguió soportando las humillaciones, Los Aceros Sangrientos lo ejecutaron por traición-. El campesino, fuerte por sus años de trabajo, pero cansado por los mismos, siguió con su relato.- Han violado, saqueado los almacenes, hasta quemaron a un par de jóvenes que se resistieron.

Rolf pensó que sólo él estaba molesto, pero cuando miró a Ser Varus, este estaba rojo, las aletas de su nariz infladas, como pocas veces lo había visto. El paje, que también estaba escuchando, no quería seguir oyendo de atrocidades.

- Rolf, esto no puede quedar así- Ambos, maestro y escudero se miraron; tenían que pensar un plan.

Ser Varus y Rolf dirigían los caballos con sus cargamentos a través de uno de los pasajes del paso. Fuego, aunque grande incluso para un caballo de guerra, se movía tranquilo con su dueño. Noche, en cambio, estaba inquieto, quizás sentía lo perturbado que estaba el muchacho. Esaú debería haber llegado ya.

- Hey, son doce los mercenarios. Parecen algunos muy gordos y otro tiene un tajo en la cara.- Rolf saltó al escuchar la voz de Esaú; no había sentido sus pasos.

- Enano, casi me matas.- Dijo el muchacho volviendo a la calma- ¿Cómo decías?

- Sí, Esaú, cuéntanos lo que pudiste ver.- Ser Varus intervino.

- Eso, Ser. Son doce hombres, seis con espadas, pero no todas las espadas son iguales. Uno de los de espada tiene una cicatriz en la cara; otros tres tienen martillos, dos tienen hachas y uno lanza, no hay arqueros. Hay varios gordos que no creo que corran mucho. Porque además tienen armaduras, no como las de Ser Varus, son cotas de mallas y algunos con coletos de cuero. El más extraño era un gigantón con cara de perro.
Rolf estaba sorprendido del conocimiento de las armas y armaduras del chico:

- Y, ¿dónde aprendiste tanto de armas?

- Es que yo escucho a Ser Varus.- Rió Esaú. A pesar de que estaba todavía agitado por el esfuerzo de ir al pueblo y volver, este ya se había movido entre las rocas del paso para su posición de vigía.


Tenían las armas listas e iban a pie, Ser Varus cargaba su escudo y blandía la espada. Esperaban a los mercenarios en uno de los pasos de cabreros que acortaban el camino entre los campos, cerros y quebradas hacia Lago Verde sin necesidad de usar el camino principal. Tomás debía haber dicho a los crueles matones que había visto por esa ruta a un caballero anciano junto a su escudero y un paje, marchando en un desesperado intento por llegar a través de los cerros a Lago Verde. Rolf esta vez no estaba muy contento con la parte que le correspondía en el plan. ¿Cómo iba a estar mirando solamente hasta que entraran todos los mercenarios por el paso? Estaba molesto y desilusionado. ¿Cúando Ser Varus lo vería como un hombre? Mientras pensaba eso, Esaú silbó dando la señal, ahora debía el niño esconderse.
Un escalofrío le recorrío la espalda, era la misma sensación ante el enfrentamiento con los hombres de Roger, pero esta vez todo saldría bien, estaba Ser Varus y a pesar de su edad, eso le daba confianza. Se escucharon las risas y bravuconadas de Los Aceros Sangrientos,  las que demostraba toda su seguridad de sentirse superiores en número y fuerza. Ese era precisamente uno de los factores en que el anciano caballero confiaba, esa sensación de seguridad nublaba el juicio de los hombres. Estos, a pesar de ser gente de armas, seguramente estaban bajo los efectos del alcohol y sedientos de sangre, lo que sería una vergüenza para un caballero.
Los primeros en llegar ya blandían una lanza y un par de espadas, se reían todavía, incluso se burlaban del anciano caballero.

- ¿Y a este viejo de mierda buscábamos? Ya estás muerto- Se burlaban de Ser Varus, pero este se mantenía frío, lejano, como si su escudo lo protegiera también de las burlas.

- Miren quien lo acompaña, un pendejo flacucho- Ahora las chanzas le tocaban a Rolf, a quien no le eran indiferentes.

El mercenario de la lanza tiró un gargajo al caballero para luego atacar con fuerza. Ser Varus desvió fácilmente el ataque y lanzó un tajo rápido, demostrando que no sería tan fácil  como ellos pensaron. Ya se veían más rostros entre las rocas y el caballero empezaba a retroceder, Rolf no entendía totalmente la idea de su maestro.
Uno de los hombres de espada intentaba plantarle cara a Ser Varus, pero los altos muros de roca no los dejaba atacar en conjunto. No había espacio para más de dos hombres, de modo que el caballero errante mantenía el control además con golpes medidos, tenía que enfrentar a muchos brutos. El tipo de la lanza constantemente intentaba colarse por el costado, hasta que en uno de esos impulsos, el caballero le azotó la cabeza con el escudo y, luego de aplastarlo contra la roca, finalmente le enterró la espada sobre la clavícula. El mercenario cayó mientras Ser Varus volvía a ponerse en guardia cerrada, lo que a Rolf le recordó las clases con su mentor.
El muchacho no podía seguir solo mirando. Contemplar como cedía terreno aunque mantenía el control su maestro fue un teatro macabro que le hizo perder el control. De la nada apareció volando una hacha arrojadiza, el experimentado caballero logró esquivarla con su escudo, pero uno de los espadachines se había colado por el costado. Rolf corrió y echó mano rápidamente a la lanza que estaba tirada. Cuando Rolf frenó al espadachín casi hizo caer a Ser Varus, el caballero bajó un rodilla y uno de los Sangrientos pasó por encima. Rolf mantuvo la lanza en posición defensiva  y gracias a ella defendió su vida y la de Ser Varus, pero este no estaba contento.

- !Rolf, atrás, cíñete al plan¡- Las palabras del anciano caballero no hicieron más que enardecer al joven, quien le enterró la lanza al espadachín en una pierna. El muchacho no podía reconocer el origen del guerrero, el rostro del espadachin no se parecía a nada conocido, además de  barba en zonas extrañas y en el color de sus ojos mostraba una fiereza casi animal, debía ser un bárbaro de los que alguna vez leyó en los textos del Círculo. Rolf le detuvo  el golpe de espada y terminó con la vida de este con un rápido corte en la garganta. Mientras el hombre se desangraba, Rolf sintió una explosión de dolor, fue como la unión de todos los azotes  que le habían regalado en Sombrese en uno solo. El dolor lo hizo caer en una rodilla.!Bastardos¡ pensó Rolf cayendo en la angustia.

domingo, 6 de abril de 2014

Capítulo III: El ataque de los centauros

La noche ocultaba los golpes en el rostro de Rolf. Estaba sucio, marcado por las caricias de los guardias, pero el peor golpe que recibió en el cepo fue ver que Ser Varus, su maestro y mentor en las artes de la caballería, estaba en el pueblo.La vergüenza no le dejaba respirar, la impotencia no lo dejaba pensar, la rabia era finalmente la que lo dejaba manterse en pie.
Cuando trataba de descansar al menos dormitando en su maravillosa cama de madera, sonaron voces a lo lejos, desde el sector del pueblo por donde se encontraba el palacete de Roger y los barracones; allí también se alojarían los nobles más importantes. Cuando la curiosidad no lo dejó resistir más, levantó su cabeza y vio las luces que se acercaban; debían ser los guardias. El marqués no toleraría que nadie más se acercara a su principal víctima y menos a vista de todo el mundo.
Rolf no estaba para sorpresas, la última que le habían dado estuvo relacionada con latigazos y la anterior a ésta lo tenía condenado y a sus amigos encerrados. Bajó la cabeza e intentó hacerse el dormido o al menos inconsciente. De cualquier manera, lo sacaron nuevamente del cepo, esta vez a rastras. El joven no supo calcular cuánto tiempo había pasado hasta que lo lanzaron sobre losa fría. Rolf debía haber sido tirado en alguna habitación, donde se quedó yaciendo inmóvil mientras sentía cómo los pasos firmes y pesados de los guardias se iban perdiendo. ¿Qué se viene ahora?, pensó.

- Estás más delgado, pareces no comer bien. Qué curioso para el líder de los bandidos del Claro- Declamó una voz muy conocida- los famosos salteadores de caminos.

Rolf, no había notado que había otra persona en el cuarto. Perplejo; reconoció la voz de su anciano mentor. Alzó la vista buscando de dónde venía tan molesta afirmación. El lugar era un cuarto de piedra que por la poca iluminación dejaba ver sólo una parte de el, un lugar de aspecto militar, pulcro. Alguien del linaje de Ser Varus podría permitirse incluso la habitación del marqués, pero esto jamás cruzaría por la cabeza del caballero, con orden y limpiez le era suficiente. Entre las tinieblas apareció un hombre de alrededor de cincuenta años, alto, robusto, con una túnica bordada con símbolos que Rolf reconoció como la túnica de descanso de los caballeros errantes, que se ponían cuando estaban en labores sociales. Como dijo su Sire, había pasado el tiempo, tenía este el cabello más blanco que cano, incluso la barba tenía muchas sectores blancos, pero no perdía su imponente figura.

-Ser Varus, yo no soy un delincuente-. A pesar de la humillación pública, jamás Rolf aceptaría que lo metieran en el mismo saco que a ladrones, asesinos y salteadores de camino, sobre todo cuando eso era una gran farsa inventada por su enemigo.Todo es mentira, es asunto del Marqués Lefleur y sus malditos perros.

- ¡Por las tres diosas! Creo que no deberías ser tan malagradecido con quien te perdonó la vida-. Dijo su antiguo maestro, mientras se movía hacía el sector más oscuro de la habitación. Manipuló el caballero objetos de cristal de distintos tamaños que capturaban la poca luz, algunos parecían llenos líquidos de distinto color, todos ellos encima de una mesa con alguna tela sobre ella. Rolf no daba crédito a lo que había dicho el viejo caballero, tenía los ojos abiertos de par en par  y rechinaba los dientes de indignación, él jamás aceptaría la piedad que no había pedido al maldito señor de la región.

-Y que pasará con el resto? -. Rolf sabía la respuesta, pero no quería oírla, menos aún de boca del hombre en que ya no sabía si podía confiar

- Rolf, tú sabes bien qué pasará con ellos - El joven rebelde no tuvo palabras, ya totalmente erguido con ayuda del muro. Pensó en su pequeño amigo Esaú, de quien siempre había pensado que sería liberado.

- Esaú tiene sangre noble- El joven rebelde confesó el secreto que ocultaba-. Y no de cualquiera, sino de la sangre maldita de Lefleur.
Al parecer el secreto no era así para el marqués. Roger Lefleur había buscado durante años a su nieto, se había sentido traicionado cuando su hijo se escapó del hogar con una lavandera e intentó vivir alejado de él, su padre y abuelo del fruto de la pasión entre noble y aldeana. Como todos en la región, la joven familia fue víctima de su furia en forma de la ley de fuego, como le llamaba el marqués.

- Entonces, ¿estoy libre?. - Preguntó Rolf desconfiado. - ¿Cúal es el precio? - Un embaucador y cobarde no actúa sin pedir algo a cambio, pensó.

Ser Varus estaba concentrado terminando de verter el contenido de un cuenco en una copa.

- Tómate esto, te reconfortará. Debemos irnos pronto-. El caballero errante eludió habilmente la pregunta, sin importarle la actitud desafiante con que lo miraba Rolf. Este último, que se iba a negar a beber, respondió:
- No creo haber aceptado irme. Yo no me muevo sin haber matado a Roger. - Dijo Rolf, sabiendo que con eso se terminaría la persecución, la muerte de los aldeanos y lograría salvar a sus amigos.

Con la bebida en sus manos, sintió el aroma de la solución, que le recordó que no había bebido nada en un día al menos. Sediento, Rolf se bebió el delicioso elixir de un sorbo. Cuando iba a seguir atacando verbalmente a Ser Varus, el joven se sumió en un extraño embotamiento, que terminó por derribarlo, mientras balbuceba

- No.... no.. puedo de... jarlos.

Alrededor del mediodía el maltrecho cuerpo de Rolf permanecía artificialmente inmóvil, el joven recién en ese instante sintió los cálidos rayos del sol golpeando su rostro, todavía le dolían algunas partes del cuerpo, volviendo en si percibió el movimiento del caballo que lo llevaba. Respiró hondo y sintió el aroma del bosque de pino que estaba a la salida del pueblo.

- ¿Dónde estoy? -. Fueron las primeras palabras que pudo emitir Rolf con la boca seca y pastosa.

- En el bosque, camino a Nieve Gris. - La voz de Ser Varus lo hizo despertar, aunque sin perder totalmente la confusión. Cuando ya se dio cuenta de su situación, dirigió su caballo hasta interponerse en el camino del caballero con el rostro rojo de indignación.

- ¿Espera que le agradezca por salvarme la vida? Yo debería haber muerto con ellos.

Ser Varus lo miró sonriente, como si hubiera oído algo muy gracioso, y se le escapó una risa.

- ¿¡De qué se ríe?! -. Gritó el joven, incapaz de soportarlo más. La réplica calmada de Ser Varus no se hizo esperar:

- Yo pensaba que eras más audaz y me incitarías a salvar a tus hombres -. Contestó, para asombro del muchacho.

Rolf se estaba confundiendo con los distintos grupos de extranjeros que seguían llegando al pueblo. Tenía que seguir cada parte del plan con suma precaución; si era visto o reconocido todo se iría al traste. Aprovechando la algarabía y la festividad, avanzó junto con vendedores ambulantes, actores itinerantes e incluso nobles, mezclándose con los pobladores habituales. Entre los cortinas de un improvisado escenario, escuchó una obra de teatro ¿Sería la joven y el guisante? Qué lástima que esta vez no podría mirar a ver si reconocía a la compañía que montaba la obra. ¿Sería Francine? Después de una batalla entre la cabeza y el corazón de Rolf, se impuso finalmente la primera, recordándole que no había tiempo para confiar en el azar. Su disfraz por el momento parecía funcionar perfectamente, estaba el joven pensando en la obra, cuando sin darse cuenta se encontró de frente con algo que no tenía calculado, era la madre de uno de sus compañeros muertos, los ojos todavía enrojecidos de la mujer combinaban con el extraño verde de sus iris, tal como los tenía Raoul. Rolf se alejó lo más que pudo, tenía que pasar desapercibido, no podía pedir perdón ni dar rienda suelta a los sentimientos. Sintió el grito de la mujer, la multitud empezaba moverse hacía ella, el joven siguió mezclandose buscando un escondite. Empezaba el mozo a impacientarse, preocupado de que el resto cumpliera con su parte, habían pasado un par de guardias buscando a alquien que respondiera a las señas dadas por la madre de Raoul, pero una mujer al extremo de la histeria no tenía mayor credibilidad, de pronto el bullicio normal de una feria fue interrumpido por el golpe de los cascos de un caballo al galope sobre el empedrado.
 
- ¡Alerta, soldados! -. Gritó el anciano Ser Varus. - Atacan a unos viajantes en el bosque y vienen hacia acá, ¡son los centauros! -. Su maestro organizó un grupo de guardias, mientras mandaba a informar y enviaba más mensajes a las tropas del marqués. Todo este jaleo era la señal que Rolf había estado esperando. En tanto, la multitud se separaba en distintos grupos, algunos corrían a sus casas, otros esperaban oír más información; Sombrese era un avispero recién golpeado. Aún así no todos seguían al caballero.

- Alto ahí, porque siguen a este viejo, debe estar chocheando- replicó uno de los jefes de patrulla, que no conocía mucho de la historia de la región.

- Soldado, está dispuesto a perder su grado por desobediencia- Replicó con dureza el anciano caballero, a pesar de su edad nadie de su rango y menos querría meterse en problemas con alguien que tuviera sangre noble.

- Vamos reúnan las tropas y el resto ordenen a la plebe- Masculló finalmente el jefe de guardia quien fue humillado y seguía no estando convencido.

No era la primera vez que se producía un ataque similar. El último había ocurrido hacía quince años, cuando había sido necesario traer más soldados de otras regiones para detener a las terribles, pero escurridizas y sabias, criaturas que habitaban en los bosques. Últimamente no se sabía mucho de ellos, cosa que Rolf y Ser Varus utilizaban para su conveniencia.
 Rolf, nada lento, corrió junto con la gente que vivía cerca de los barracones militares, principalmente familiares de los guardias o comerciantes del rubro. Ser Varus seguía movilizando a los soldados en un exitoso intento por sacar a la mayor parte de las tropas lejos del pueblo.

El joven líder rebelde caminó de prisa y en silencio. Gracias a la buena maniobra de su maestro, Rolf se dio el lujo de buscar por las mazmorras bajo las barracas sin muchos tropiezos hasta que oyó pisadas entre los pasillos subterráneos. Rápidamente identificó una celda abierta y se metió dentro. El guardia encargado de la celda andaba tranquilo, incluso comenzó a silbar una de esas canciones de taberna, sin esperar sentir unos brazos que saldrían de entre los barrotes para ahorcarlo hasta dejarlo sin aliento. Realmente Rolf andaba de suerte, no sólo porque se hubiera ido la mayor parte del contingente, sino que, a pesar de ser fuertes y desalmados, la inteligencia no era un tesoro que se encontrara en exceso entre esas tropas. Luego de vestirse con los ropajes del carcelero, siguió buscando a sus compañeros.
La oscuridad del calabozo permitía ver muy poco, apenas distinguió un pequeño bulto en un rincón de la última celda, cerca de un par de ratas que peleaban por quién debía tener la comida que permanecía en el plato del jovencísimo reo.

- Esaú, nos vamos. - El entrecejo del chico se contrajo con extrañeza, se mostraba desconfiado ante las palabras del falso guardia. Rolf se sacó el casco, para gran alivio del pequeñuelo, quien se levantó de un salto, tomó una de las ratas y preguntó muy sonriente

- ¿Nos podemos llevar a Rolfy? -. El homenajeado joven se limitó a abrir la puerta y pasarle un par de llaves; todavía faltaba liberar al resto.

Ya llevaban alrededor de una hora galopando por el camino opuesto al bosque tenebroso. El joven ex- líder rebelde lamentaba tener que dejar a sus amigos, pero al menos habían quedado libres y podrían tener otra oportunidad. Rolf aminoró la marcha, habían corrido mucho, no sabían si los seguían buscando, pasados unos minutos, Ser Varus se unió a ellos montado en su alazán, momento que aprovechó el joven para presentarlo.

- Esaú, él es Ser Varus, mi antiguo maestro y caballero errante, a quien debemos nuestra libertad.

- Gracias, Ser Varus. - Dijo el chico. – Pero, ¿cómo lograron hacer todo eso?

- Bueno, Esaú, el marqués de Sombrese mantenía algunos secretos que yo no podía seguir ocultando a menos que liberara a mi antiguo escudero, cosa que no fue muy sencilla. – Explicó el anciano caballero - No podemos volver por aquí a menos que sea con un ejército.

- ¿Pero de verdad los centauros atacaron al pueblo? -. Preguntó el pequeño.

- No, eran los pocos amigos de ustedes que no fueron capturados. Rolf logró dar con ellos y al parecer hicieron muy bien su parte; creo que se contarán un sinfín de historias acerca de centauros invisibles. - Al parecer a Ser Varus le agradaba el pequeñín, él no solía hablar tanto.

- ¿Entonces no existen los centauros? -. Dijo Esaú con un puchero, dejando de ser un subversivo y miembro del grupo liberador del Claro, para volver a ser lo que era, un niño de diez años, ahora paje de un caballero.

- Claro que existen, al igual que las ninfas y muchos otros seres, lamentablemente no teníamos tiempo para servirnos de su ayuda. – Aseguró Ser Varus. Para Rolf el anciano caballero sólo contaba cuentos para entretener a Esaú. De pronto se escuchó un cuerno y un montón de pájaros salieron volando del bosque camino a las lejanas montañas.
- Ahora deben estar de caza, esperemos que tengamos suerte y no nos confundan con sus presas. - Terminó diciendo Ser Varus; después apretó las riendas y puso a correr a Fuego, dejando atrás a Rolf y Esaú que, pasmados, se miraron mutuamente.

Continuará....




domingo, 23 de marzo de 2014

Capítulo II: La despedida

El sol todavía no comenzaba a salir, pero Rolf ya llevaba una buena cantidad de horas con la cabeza colgando. Sentía el dolor de los moretones por el cuerpo, surgidos por los cariñosos guardias. Sus músculos, que todavía no terminaban de crecer, al igual que sus huesos, reservaban un poco de fuerza, aún fatigados por la batalla, pero su conciencia era la que llevaba la peor parte. La perturbadora imagen de los cuerpos de sus amigos yacientes y esparcidos tanto por el camino como por los lindes del bosque, sus rostros desfigurados por los tajos se repetía en su mente. En estos momentos debían ser alimento de las criaturas del bosque, todo eso no lo dejaría dormir nunca más, aunque no sabía cuánto realmente le quedaba para dormir eternamente. Tenía la vaga noción de que lo mantendrían con vida hasta que apareciera la comitiva del rey o al menos sus nobles representantes, que participarían de la fiesta de Sorya, que celebraba el inicio de la pureza. Quienes más disfrutaban esta estación eran los ancianos, una ironía para Rolf; los viejos disfrutarían y él moriría en la hoguera. El joven rebelde pensó con rabia que Roger, como siempre, conseguiría lo que buscaba, un inmejorable chivo expiatorio. El marqués no ocultaba a los campesinos los lujos que se daba con el dinero que no enviaba a su señor, pero este sí necesitaba a quien culpar. Además desalentaría a cualquier posible disidente. Roger, como todo bravucón, era muy valiente frente a unos chicos o frente a los pobres campesinos, pero un completo cobarde frente a los poderosos, ante quienes aparecía siempre como una víctima de las diosas, las estaciones o de los extranjeros.


Cuando su conciencia lo dejaba momentáneamente en paz, recordaba a sus padres, a los que nunca volvería a ver. Jamás entendió su amor por la paz, para Rolf eso era cobardía, el no combatir las injusticias producidas por otros nobles menores sólo porque algunos estaban ligados a ellos por sangre, pero ahora los perdonaba. ¿Cómo no ser cobarde si careces de la fuerza para enfrentarlos? Tan sólo eran débiles. Además, muchos de esos nobles tenían lazos con importantes casas, regentes de vastas y ricas provincias a quienes no les importaba nada más que ellos mismos, en el mejor de los casos; en el peor, se podrían encontrar a alguien como Roger. Aunque ser tan miserable era difícil algunos competirían con ganas.

Si bien había gente tan malvada como su enemigo, por el contrario, no conocía a quien se comparara en bondad con Ser Varus. Quizá junto a su maestro había vivido los pocos momentos en que sintió que era bueno en algo y que podría la caballería ser su camino. Lamentablemente Rolf era rebelde, testarudo de naturaleza; Ser Varus, a pesar de toda su bondad, no se quedaba atrás en testarudez, incluso le llevaba la delantera en muchas oportunidades. El caballero errante era alto, como el padre de Rolf, pero muy diferente a él en porte. Era viejo y jamás se dejaría el cabello largo, al contrario, cortaba su cana y escasa cabellera en cuanto pasaba dos pulgares de largo. Sus ojos eran del color de la hierba en primavera y su nariz un poco ganchuda junto a sus cejas despobladas le daban un aspecto simple. A pesar de estos rasgos que formaban un conjunto débil, su carácter afloraba a través de ellos, mostrándolo a veces más duro e inflexible de lo que era. Ser Varus perdonaba, pero jamás olvidaba ni un favor, ni una falta. Alguna vez le preguntaron al caballero si el muchacho que lo acompañaba era su hijo, pero de inmediato veían los bordados en su traje, que lo distinguían como caballero errante, que seguía votos de celibato y era seguidor de la cara sonriente de Ursya. Hablaba poco, pero sus acciones siempre buscaban el bien de los demás; por eso Rolf tenía un muy buen recuerdo de su maestro y esperaba que estuviera bien, donde fuera que las diosas lo llevaran.


Cuando ya empezaba a amanecer oyó sonidos del pueblo: las pocas tiendas comenzaban a abrir, la gente se movía a realizar las compras. Rolf, no quería ver los rostros de aquellos a quienes había tratado de defender y no había podido, quienes lo habían traicionado. No sabía exactamente quiénes habían sido, pero seguramente estaban allí. De los cincuenta integrantes del Grupo Liberador del Claro, se habían presentado alrededor de la mitad en la noche del error. Varios eran huérfanos, pero había también hijos de campesinos, había un hijo de mercader y un par de bastardos que habían huido de otros pueblos. Con su muerte era seguro que no volverían a intentar algo similar, al menos por un buen tiempo. Los sonidos aumentaron, ya salía la gente del templo dedicado a las tres diosas, muy lleno en época de fiestas; en general sólo iban los nobles en ese horario, pero previamente al festival de la pureza todos se querían confesar a su diosa predilecta. Al parecer la noticia del funesto asalto había corrido en la ceremonia. Llantos, gritos, blasfemias, el espectáculo estaba por comenzar. Rolf pensó sin temor en el dolor y la humillación que se avecinaban, pues su verdadera preocupación eran Esaú y los demás chicos en las mazmorras; estaba seguro de que Roger no sería un anfitrión amable. De pronto un ruido lo despertó de las ensoñaciones, era una piedra que había chocado contra el cepo.

- ¡Alto!- gritó un guardia - Pueden escupirlo, tirarle basura, gritarle, pero lo queremos vivo para la hoguera- Qué cariñosos, pensó Rolf.

-¡Maldito, tú te llevaste a Raúl, mi pobre Raúl!- gritó una mujer mesándose los cabellos para luego escupirle en la cara.

-¿Por qué viniste aquí, maldito? Extranjero de mierda- Se acercó un hombre que los guardias tuvieron problemas para contener, era el padre de Axel. Al verlo, Rolf comprendió por qué el chico era tan alto y robusto. Su segundo al mando era uno de los más ansiosos por demostrar que podrían librarse del yugo del marqués de Sombrese, pero no podía decirle eso a su furioso padre.

¿Sucedería así todo el día?, se preguntó Rolf. Veía algunas familias enteras en la multitud y eso le trajo recuerdos de aquella tercera noche del segundo mes de invierno, cuando celebraban su décimo año en torno a una cena más suculenta de lo normal. Aunque nunca pasarían hambre, habían quedado atrás los días donde los visitaban constantemente otras familias para hacer alianzas y celebrar fiestas. Incluso Rolf siendo pequeño notaba el trato despectivo de los otros niños.

-Rolf, en dos días irás a Blackwell e ingresarás al Círculo Externo. – Anunció su padre, que aún en un momento festivo como ese parecía incapaz de esbozar una sonrisa. - Brindemos por eso.

Sus padres levantaron sus copas con el preciado vino de Ricwart, que hacía tiempo había empezado a ser racionado en su hogar, mientras que Rolf y sus hermanos brindaron con sidra. Él era el mayor entre sus hermanos; que fueran tres varones era algo bueno, pues recibirían las dotes de sus futuras esposas y, en el peor de los casos, podrían hacerse un nombre como espada a sueldo en este o algún otro reino. Lamentablemente para Rolf, las pruebas para escudero le habían parecido más sencillas de lo que resultaron finalmente, y nadie quería un escudero mediocre que además estaba marcado por la desgracia de su mal visto linaje.

-  Entonces ningún caballero lo quiso, ¿verdad padre? -. La voz de Alexis rompió el silencio, incomprensible para una celebración. - Gabrius lo hubiera hecho mejor, Rolf, tú siempre quieres hacer todo a tu manera. - Su hermano Alexis era el menor de los gemelos; desde su nacimiento se notaba que sería el más delgado, pero era muy astuto y rápido, además de tener un ojo agudo. Como la mayoría en su familia no hablaba mucho, salvo para mordaces comentarios.

- No es momento para recriminar a tu hermano, Alex. Rolf lo hará muy bien, nos representará en el Círculo y quizás hasta llegue a Pontifex. Eso es más honroso que ser un caballero. - Su madre, quien siempre trataba de mantener la calma en la familia, sabía que eso era difícil por la tendencia de su primogénito a hacer amigos que sólo lo acompañaban en sus travesuras. Ella esperaba que estuviera tranquilo al menos y ayudara a traer el honor de nuevo a su casa.

- El que Gabrius haya dejado en el piso al hijo de Ser Vecknam no me ayudó mucho, gracias de todas maneras. - Replicó con sorna Rolf. Su hermano Gabrius, quien era ya casi de su tamaño y más fuerte que chicos dos inviernos mayores, había lanzado a un mozuelo que presenciaba la competencia de resistencia física e insultaba a su hermano y gente de su linaje.

- No dejaré que alguien insulte a mi familia, aunque sea a Rolf. - Hace un par de meses que Gabrius se alejaba de Rolf, aparentemente cansado de los reiterados desprecios de los demás chicos. Porque, ¿qué razón podrían tener sus antiguos amigos para dejarlos de lado si no la extravagante conducta de su hermano mayor?

- Basta, puede que sea la última vez que vean a Rolf en años, no es momento para tonterías. Que las diosas nos guíen y nos mantenga fuertes y unidos. - Zanjó la discusión su padre, quien siempre quería imponer el orden y sus propias ideas.
Y así había sido; al siguiente día, Rolf viajó junto con sus padres que lo dejarían en Luendeck, la ciudad portuaria desde la que partían todos los futuros iniciados hacia el que sería su hogar hasta que fuera un hombre del Círculo.


Un tomate en el nariz lo devolvió a la angustiosa realidad, seguían gritándole todo tipo de imprecaciones, no aceptaban que un extranjero como él fuera el causante de la muerte de sus hijos. Era el causante, quiso decirles, pero no el culpable.

-¡Roger!- gritó - El asesino es el marqués- pero nadie prestaría oídos a sus gritos, cuyos únicos oyentes fueron los guardias.

- Calla, imbécil- le dijo un guardia de voz rasposa, mientras le golpeaba una mano. Realmente amaba ese canto de sirena, no había nada más seductor.

Así fueron pasando las horas hasta que el hambre lo invadió, en ese justo instante llegaron más guardias a sacarlo del cepo. Esto lo angustió. Le preguntó al guardia a qué venían, a lo que este respondió muy amablemente con su puño. Te estás a punto de morir y todavía no aprendes, se dijo Rolf.


Los hombres lo llevaron de vuelta a las mazmorras, a la bella sala de torturas. Al parecer alguien con poder entre quienes habían perdido a sus hijos le había pedido un favor a Roger. Cuando vio el poste y al verdugo lo tuvo claro, tendría que pagar con todavía más dolor. Lo amarraron brutalmente al tronco, el tiempo comenzó a arrastrarse de una manera terrible y lenta, sentía el dolor correr por su espalda, cada uno de los latigazos que rompían su piel le hacía recordar las malas decisiones que había tomado. Lo querían vivo; fueron muchos azotes, pero todavía estaba consciente y lo llevaban de vuelta al cepo.

De pronto sonó música y algarabía en el pueblo, estaban llegando las primeras comitivas de actores y músicos que antecedían la venida de los nobles. Rolf levantó la cabeza que antes colgaba y vio en medio de la multitud a un caballo de guerra que no podía ser más parecido al alazán que tanto había cuidado. Miró mejor y la vergüenza logró más que el dolor, Rolf comenzó a llorar: era Ser Varus montando a Fuego.




lunes, 10 de marzo de 2014

Capítulo I : Un plan casi perfecto

Rolf se miró en el reflejo del agua, era el río más claro del claro, llamado río Claro; qué estúpido pero lógico resultaba, pensaba. Para qué complicarse y ponerle a los lugares nombres extraños, místicos  o rimbombantes. Recordaba palabras altisonantes y distintas de sus años en el Círculo Externo, rodeado de montones de niños hablabando con palabras antiguas que no tenían relación más que con las religiones y pueblos de hace generaciones. Había pasado tanto desde ese tiempo.

Se comenzó a poner sus ropas, tenía que buscar a los demás. Rolf era un joven normal, demasiado para su gusto, por lo que desde muy pequeño hizo cosas más allá de lo normal para no ser una sombra más que pasa por el mundo. Así empezó a decir mucho con pocas palabras, palabras pronunciadas con tono ronco y calmo, a manisfestar siempre su opinión. 
Claro, le traía problemas, pero sin ellos la vida no sería más que una pelusa que flota sobre un río. Su rostro era regular, si alguien lo intentara describir sin antes oir su voz o conocerlo bien, sería muy difícil diferenciarlo. Como la primera vez que se había escapado de la casa de sus padres. Qué comedia esa, lo habían confundido con otros niños que sí habían ido, al contrario que él, a comprar obedientemente las cosas en el mercado. Cuando se había aburrido y el hambre lo había obligado a volver, encontró su casa llena de chicos, todos con algún rasgo parecido a él, el pelo o la boca, pero al final no eran él, siendo claramente reconocibles porque algo en sus facciones los hacía diferentes, especiales y recordables. La única cosa que dejaba a Rolf en evidencia era la cicatriz sobre la ceja derecha, una marca de sus fugas o búsqueda de aventuras, como las llamaba él.Si tan sólo hubiese sido del Círculo Exterior, como querían sus padres, habría tenido una vida tranquila, sin grandes preocupaciones, pero no, él tenía que enamorarse y salir en búsqueda de su amada. Claro, cuando se es del Círculo no se puede tener mujer, al menos a vista y paciencia del mundo.

Se vistió como su plan requería, botas oscuras, pantalón de lana negra, jubón negro y coleto de cuero teñido negro. Tenía algo muy importante que hacer esa noche; el límite que separaba ser conspirador de ser atracador de caminos no estaba muy definido para los campesinos, no existía para el gobernador y sólo él y los suyos lo tenían muy claro, grabado en la cabeza.
Montó a Noche, su caballo. Era muy terco, pero lo había logrado amansar con cariño y dedicación. Sin embargo, como le había dicho Ser Varus, su antiguo maestro, en batalla los caballos morían de las más terribles maneras, por lo que no era bueno encariñarse mucho con ellos. Esperaba que esta noche ni esta ni Noche terminaran mal, pero las diosas no se preocupaban mucho por los hombres, mucho menos se iban a preocupar de un caballo.
Oyó los gorjeos de los pájaros, señales convenidas por su grupo para identificarse. Escuchó de pronto el ulular del búho: Axel estaba listo. Durante unos segundos eternos no se oyó nada más, hasta que rompió el silencio un apurado trino de Mika y la calma volvió a Rolf . Iban a romper la opresión sobre ellos y su pueblo, lograrían detener al maldito.

El sonido de los caballos que avanzaban al paso les indicó que ya estaba todo por comenzar. Estaban nerviosos, eran inexpertos en ese baile, esa macabra danza sangrienta con la que pretendían dar término a las vejaciones, violaciones y tantos otros abusos producidos por el nefasto gobernador, noble venido a menos que había aprovechado su cargo para asegurarse una vida de reyes a costa de los campesinos y pescadores de una de las regiones más pobres del reino.

Se sentía agitación, gritos se oían cerca, Rolf saltó con el caballo, oh, Ursya, Sorya y Varsya, señoras de la justicia, que esto termine bien. Eran muchos más hombres de lo que esperaban, los campesinos habían hablado de una decena, un solo destacamento, sin contar al maldito Roger Lefleur, a quien le encanta recolectar los tributos personalmente, su diezmo. Ese diezmo nunca era tal, el parecía creer que le correspondía mucho más. Con la mitad lo veían tranquilo; ni satisfecho, ni feliz, para eso hubiera sido mejor tener esclavos, escucharon decir a Roger, no labriegos. En qué se había convertido Sombrese por la descabellada idea de este rey de abolir la esclavitud de los nacidos en el reino, solía quejarse.

Chocaron los aceros, resonaban las maldiciones de los hombres y los relinchos de los caballos en medio de la oscuridad. Los jóvenes del Grupo Liberador del Claro intentaban dar un paso enorme hacia lo que ellos soñaban. El camino que unía el castillo embrujado, los distintos terrenos de cultivo y el pueblo cruzaba un gran bosque, antiguo y tranquilo; era un lugar perfecto para la emboscada. En ese momento surgió de entre los árboles un griterio que resonó e hizo escapar a los pájaros y animales nocturnos. Rolf agarró su espada y la apretó fuerte, sus nudillos jóvenes e inexpertos se pusieron blancos, ya no había vuelta atrás. Noche corría furioso, como una fuerza demoníaca entre sus piernas. Raspó el acero de su espada contra el borde de la lanza de uno de los guardias, pasó de largo como tantas veces había visto pasar a Ser Varus. Las flechas de sus amigos rebotaban o se perdían tristes en la noche, cosa que perjudicaba al grupo de choque. No eran profesionales ni tenían equipo de buena calidad comparados con los guardias. Estos eran hombres de armas, escogidos algunos entre crueles asesinos, otros eran los hijos bastardos de pequeñas casas nobles que harían lo que fuera para ganar ventaja  dentro de su desgracia frente a los ojos de sus amos. Perros, los llamaban a sus espaldas, y eso era insultar a tan leales compañeros.

De vuelta del primer ataque, Rolf giró su caballo, agarró fuerza y pretendió engañar al gordinflón que tenía en frente con un complicado movimiento de espada, pero este notó la estratagema y actuó a tiempo, deteniendo el golpe mientras su rostro mofletudo se burlaba del chico. A sus amigos no les iba mejor, sólo había otro caballo en el grupo. A este se sumaba un lote de huérfanos demasiado pequeños para ser contados como parte de las tropas, quienes tiraban piedras con sus hondas. Entre ellos estaba su amigo Esaú, quien todavía no alcanzaba las doce primaveras y era casi un hermano para él. Pobres chicos, pensó  Rolf, esos huérfanos creados por obra y gracia del Gobernador. No era la primera vez que alguien castigaba a sus granjeros, trabajadores o esclavos, pero al marqués de Sombrese le encantaba quemar cosas. Podían ser cosechas, chozas, herramientas o en el peor de los casos a los hijos de unos padres o a los padres de unos chicos. La ley del fuego no dejaba rastros ni pruebas. "Los campesinos se reproducen rápido, siempre hay más", escucharon al marqués comentar con sus hombres más de una vez.

Por un momento, al ver a Esaú, Rolf perdió la concentración en el enfrentamiento. No fue buena idea, otro guardia lo hizo caer del caballo. Por misericordia de Varsya, Noche siguió corriendo, pero no quedó suficiente piedad para Rolf, que cayó de costado sobre filosas piedras, las cuales por poco atravesaron el coleto y repartieron sus entrañas por el camino. Recuperó su espada perdida al caer, iba a ser más dificil luchar a pie. Casi cegado por el dolor, trató de acercarse al gobernador, pero los guardias anticiparon su movimiento. Al estar más cerca de ellos sintió el olor a humo en las ropas de los perros bastardos, debían venir de un ajusticiamiento. ¿Cuál sería ahora la familia destruida? Una piedra chocó contra un yelmo y se escuchó un alarido; los antes soberbios guardias se mostraron entonces más agresivos. Ya no era sólo un grupo de chicos, ahora eran peligrosos subersivos con ansias de sangre e ira en sus ojos.

El otro jinete aliado, o al menos su pobre imitación, perdió las riendas. El caballo se desbocó, pero el pobre Al no tuvo tanta suerte como Rolf: quedó enganchado y fue arrastrado unos metros, hasta que se sintió un golpe sordo que hizo girar a varios de sus compañeros solo para  ver su cuerpo que se desparramaba por la tierra del camino. Rolf, enfurecido, corrió evitando a un guardia a pie que ya resollaba de cansancio y se acercó hasta tener en frente al gobernador. Sólo veía rojo y su presa estaba ahí. Estaba preparando un tajo contra el maldito que gritaba órdenes. Tuvo que esquivar una piedra para poder lanzar la estocada mientras gritaba:

- ¡Roger Lefleur, paga con tu vida por las muertes que causaste! Agradece que estarás muerto antes de quemarte.

El cuerpo caía y la sangre saltó al rostro de Rolf, los segundo le parecieron interminables. Cuando volvió a sus cabales, el joven no podía creer lo fácil que había sido, Roger a pesar de su maldad era un guerrero y era muy extraño que ni siquiera llevara una espada. Con desasosiego, revisó el rostro del cadáver y descubrió que no era el protagonista de las pesadillas de los pobladores. Era muy parecido, podría ser un primo, pero no era la presa; este era un error, un error que estaba costando muchas vidas. Entonces oyó ruidos nuevos, se giró y uno de los guardias le apresó el brazo que llevaba la espada. Vió venir lo peor: sobre ellos se lanzaban decenas de caballos y sobre uno de ellos el verdadero Roger sonreía. A los jinetes los acompañaban varios arqueros que sí fueron efectivos, para pesar de Rolf. Con cada flecha un vida más pesaba en su alma, veía jóvenes y chicos tirados en la tierra con miradas perdidas, sangre por todos lados, cuerpos sin vida. También capturaron a Esaú. ¿Cuántos de sus amigos habían alcanzado a correr? Creía que sólo un par, Vincent y Palu al menos. Unos guardias levantaron el cuerpo del falso Roger.

- Todavía respira, mi señor- Anunció uno de ellos, arrancándole una risa al auténtico Roger:

- Para que de algo sirvan los bastardos. Curénlo, no me quedan muchos dobles. - Miró a Rolf y escupió: - Ya tenemos material de hoguera. Ya verán que se hace en Sombrese con las manzanas podridas.
El pueblo los había traicionado. La diferencia entre un delincuente y un conspirador para el Grupo Liberador del Claro estaba marcada a fuego, pero para los campesinos y el gobernador no existía.